A menudo nos encontramos con la palabra “hagietomamofilia” al buscar términos raros relacionados con las parafilias, sin encontrar una definición clara ni un marco clínico preciso. El término se refiere a una atracción sexual dirigida hacia estatuas, maniquíes o muñecas, un fenómeno cercano a la agalmatofilia. Lo que ha cambiado en los últimos años es la forma en que las clasificaciones psiquiátricas internacionales abordan este tipo de interés.
Hagietomamofilia y clasificaciones psiquiátricas: lo que ha cambiado con el ICD-11
Cuando se habla de hagietomamofilia en el ámbito clínico, la primera pregunta concreta es la del diagnóstico. Un paciente se presenta con una atracción marcada por objetos inanimados (estatuas, figuras humanoides). ¿Es necesario hacer un diagnóstico de trastorno?
Desde la entrada en vigor del ICD-11 por la OMS en 2022, un interés sexual atípico ya no es un trastorno en sí mismo. La condición se vuelve patológica solo si provoca un malestar clínico significativo, una alteración del funcionamiento diario o un comportamiento dirigido hacia personas no consentidoras. Esta distinción es fundamental y está ausente en la mayoría de los artículos de divulgación sobre el tema.
Para entender todo sobre la hagietomamofilia, es necesario captar esta evolución nosológica: hemos pasado de una lógica donde toda parafilia era considerada desviada a un modelo centrado en el sufrimiento real del sujeto.
El DSM-5-TR, publicado en 2022 por la American Psychiatric Association, ratifica la misma lógica con una distinción formal entre dos categorías:
- La parafilia: un interés sexual atípico, que incluye la excitación por objetos inanimados como estatuas o maniquíes, sin consecuencia clínica obligatoria.
- El trastorno parafílico: la misma atracción, pero acompañada de un sufrimiento personal marcado o de comportamientos que afectan a otros.
- Las situaciones intermedias, donde el interés existe sin malestar pero donde el contexto social (vergüenza, estigmatización) genera complicaciones secundarias.
En la práctica, un clínico que recibe a una persona que describe una atracción por estatuas ya no establece automáticamente un diagnóstico psiquiátrico. El marco ha cambiado, y la atención también.

Agalmatofilia y hagietomamofilia: diferencia de términos, mismo terreno
Nos encontramos con varias palabras para designar realidades muy cercanas: agalmatofilia, pigmalionismo, hagietomamofilia. Desde el punto de vista etimológico, “agalmatofilia” proviene del griego agalma (estatua) y philia (amor). “Pigmalionismo” hace referencia al mito de Pigmalión, el escultor enamorado de su propia creación.
La hagietomamofilia, por su parte, sigue siendo un término más raro y menos documentado en la literatura académica. Las opiniones varían sobre este punto: algunos léxicos especializados lo tratan como un sinónimo estricto de la agalmatofilia, otros ven una matiz relacionada con la dimensión sagrada o religiosa de los objetos en cuestión (el prefijo “hagie-” refiriéndose a lo sagrado).
En la práctica clínica, estos términos abarcan el mismo fenómeno: una excitación sexual desencadenada por representaciones humanas inanimadas. La distinción léxica interesa sobre todo a los filólogos y a los redactores de diccionarios, no a los terapeutas.
Raíces históricas de la atracción por las estatuas
La atracción por las estatuas no es un fenómeno reciente. Se encuentran rastros de ello desde la Antigüedad, mucho más allá del solo mito de Pigmalión. Relatos antiguos describen a individuos intentando acercamientos físicos con esculturas de divinidades, en templos griegos o romanos.
Estos comportamientos ya eran documentados como desviantes en su contexto de origen, a menudo asociados a transgresiones religiosas. El paso de lo sagrado a lo patológico se ha realizado gradualmente, con la aparición de la psiquiatría moderna en el siglo XIX.
Laura Bossi ha dedicado una obra a este tema, “De la agalmatofilia o el amor por las estatuas”, publicada por las ediciones L’Échoppe. Este trabajo traza la trayectoria cultural y clínica de esta atracción, desde los relatos mitológicos hasta las clasificaciones contemporáneas.
Del maniquí de vitrina a la muñeca contemporánea
El objeto de la atracción ha evolucionado con las épocas. Se ha pasado de las estatuas de mármol a los maniquíes articulados, y luego a las muñecas de silicona dotadas de rasgos hiperrealistas. El mercado de las muñecas a tamaño real ha crecido considerablemente en los últimos años, lo que plantea nuevamente la cuestión de las fronteras entre el fetichismo por un objeto manufacturado y la parafilia en el sentido clínico.
Este deslizamiento tecnológico complica la clasificación. Una persona que utiliza una muñeca realista como sustituto relacional no se encuentra en la misma situación que un individuo atraído por una estatua de museo. El soporte cambia, pero el mecanismo psíquico (proyección de un deseo sobre un objeto inanimado) sigue siendo comparable.

Atención clínica de una parafilia centrada en objetos inanimados
En el terreno, la demanda de consulta rara vez proviene de la atracción misma. Proviene de sus consecuencias: aislamiento social, dificultad para establecer relaciones humanas, vergüenza relacionada con la estigmatización.
El trabajo terapéutico no busca suprimir el interés atípico. Se centra en tres ejes concretos:
- Reducir el malestar asociado, especialmente la culpa y la auto-estigmatización, recontextualizando la atracción en el marco de las clasificaciones actuales.
- Trabajar las habilidades relacionales si la persona desea desarrollar vínculos con otros seres humanos, sin que esto se presente como una obligación.
- Evaluar si existe un comportamiento compulsivo (actos repetitivos incontrolables, deterioro de objetos en el espacio público) y, de ser necesario, proponer una atención adecuada.
El marco terapéutico actual ya no patologiza la atracción en sí misma. Un clínico formado en las recomendaciones del DSM-5-TR o del ICD-11 distingue claramente la parafilia (que no requiere intervención) del trastorno parafílico (que justifica un acompañamiento).
Esta distinción sigue siendo poco conocida por el gran público, e incluso por algunos profesionales de la salud general. La consecuencia directa es que las personas afectadas evitan consultar por miedo a un juicio, mientras que el simple hecho de nombrar y contextualizar su experiencia a menudo es suficiente para reducir el sufrimiento asociado.



